
Hasta hace poco me acostumbré a que mi familia me tratase como una cría. Que me viesen como la típica niña caprichosa, que lo único que quería era ser el centro de atención y enfadarse por cualquier tontería que yo comprendiese como celos. Tú fuiste el que me desenvolvió de ese disfraz con el que todos me calificaban, supiste sacar de mi interior ese amor tan grande que escondía bajo las coletas marrones y el traje de colegiala y te diste cuenta que todos se equivocaban, que no se trataba de un mero deseo quinceañero y que lo que verdaderamente sentía era algo mayor que una sacudida, que mariposas en el estómago o nudos en la garganta.
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